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Un fandango en 1857


¡Alto la música !

“Un movimiento inusitado reinaba por doquier. En el umbral de las cabañas aparecían de tiempo en tiempo las mujeres que presumían coquetamente, a la luz ardiente del sol entre raudales de muselina y encajes, el oro y el coral, tan preciado por las bellezas morenas de los países meridionales. Sobre un claro se disponía una especie de estrado destinado a los bailadores ; se improvisaban puestos de agua fresca, de tepache y de agua-de-vida catalana ; se vestían las mesas de juego ; algunas horas después los Jarochos de los poblados vecinos arribarían por todas partes. El sol volcaba a raudales un deslumbrante ardor. La sombra de las palmeras, ya menos perpendicular, marcaba dos horas después del mediodía. Los jinetes llegaban en tropel, bajándose y atando a los troncos de los árboles, o a los pilares de madera de las casas, sus monturas con los flancos humeantes. Pronto se hizo una mezcolanza confusa de hombres y de caballos ; los relinchos, los gritos, las risas y los preludios de las guitarras resonaban por todos lados. Los círculos se formaban siguiendo los gustos de cada quién alrededor de las mesas de juego, de los ventorrillos o del estrado reservado a los bailadores. Fue cerca de este último grupo en donde me quedé como observador. Ese sería el centro donde las pasiones más fogosas se desarrollarían en toda su efervescencia.

Los indios del Pánuco. Litografía anónima del siglo XIX. Museo de Arte de Orizaba.

El estrado, elevado algunas pulgadas del suelo, sólo aguardaba a las bailadoras que debían figurar solas, ya que siguiendo una bizarra costumbre, común a todos los poblados de la costa de Vera-Cruz, los hombres permanecían como espectadores de los bailes que las mujeres ejecutaban entre ellas. Un Jarocho sentado en el suelo cerca del estrado, con las piernas cruzadas, comenzó a rasguear con una mano vigorosa las cuerdas de su mandolina. Ocho o diez bailadoras se apresuraron a responder a ese llamado, dieron una vuelta alrededor del tablado y comenzaron a bailar. La danza era bastante monótona al principio, pero se fue animando poco a poco, a media que las mujeres contestaban las coplas que cantaban los músicos, por medio de otras coplas. Yo admiraba la agilidad y la gracia que poseían muchas de las mujeres, al bailar, con un vaso lleno de agua sobre la cabeza, sin derramar una sola gota, o bien al deshacer, sin meter las manos, los nudos complicados formados por un cinto de seda alrededor de sus pies ; a pesar de que esas proezas coreográficas levantaban legítimos aplausos, las pasiones de los asistentes parecían todavía dormidas. Las risas, los dichos picantes y los juramentos habían sido los únicos acompañantes hasta ahora de la ronda de bebedores que se servían agua-de-vida acompañada de cáscaras de naranja. Una vez terminada la primera danza, recibida bastante fríamente, la guitarra preludió un nuevo son : era la danza llamada Petenera.
Esta vez el estrado fue reemplazado rápidamente, y, entre las mujeres que avanzaban, reconocí a esa graciosa figura, a esa belleza provocativa, doña Sacramenta, aquella que mi anfitrión llamaba en su florido lenguaje, su “querido ángel humanal”. Una falda de muselina transparente ceñía sus caderas. Sus torneados brazos dorados por el sol salían de los encajes y puntillas de su camisa de batista. Una chalina, parecida a la que usan las Arlesianas, cubría casi sin tapar, los contornos de sus hombros ; sus pies estaban cubiertos por medias de seda y zapatos de satín ; la trenza de su cabello rodeaba de negros pliegues una peineta hecha de carey y oro macizo. Sus párpados estaban bajos, quizá porque miradas venidas de todas partes se dirigían sobre ella, sobre la bien amada de Carlos ; esos párpados dibujaban sobre sus mejillas, de un blanco mate, la sombra de sus largas pestañas”. Sobre el texto anterior, cuya traducción libre del francés corrió a cargo de la Mtra. Irene Vázquez Valle, ella comentó lo siguiente : “Se trata de un relato (fragmento) novelado firmado por Gabriel Ferry. Se publicó en la Revue des Deux Mondes, XXVI année, Seconde Pèriode, Tome VII, 1857, Paris. Imprimerie de J. Caye. La semejanza de algunas descripciones y la total identidad de los versos que consigna Ferry con los que dio a conocer José María esteva en sus artículos titulados : “El jarocho” y “La jarochita”, hacen pensar que Ferry se apoyó completamente (¿plagió ?) en el escritor jarocho, aunque sin darle crédito”.

¡que siga la música !

Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.

andrescimas@gmail.com