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Madero : la utopía asesinada


¡Alto la música !

A pesar de que Porfirio Díaz, según escribió en su renuncia, “no conocía ningún hecho imputable a su persona” que motivara la revuelta armada de la Revolución Mexicana de 1910 –primera del siglo XX–, la realidad es que ésta no se suscitó de la nada. Era evidente el clamor popular en contra de la escandalosa injusticia. Bastaba una simple mirada al país en su conjunto, para darse cuenta de que la “prosperidad” porfirista se basaba en la fuerza bruta, tanto la de los trabajadores como la de los represores, para someter y explotar a 14 millones de mexicanos en beneficio de una clase aristocrática mexicana y extranjera de no más de veinte mil privilegiados que vivían como señores feudales. En México, la sociedad afrancesada que tanto consintió Díaz, se asumía como extranjera y de hecho vivía a expensas de un país cuyos contrastes se habían vuelto ya insostenibles. El estallido de la Revolución fue todo menos sorpresivo. Igualmente previsibles eran la desmedida codicia que se desató al destaparse la cloaca en que se sustentaba Díaz, o también la inexperiencia política de quienes –como Madero– anhelaban acceder al poder por la vía electoral. De hecho, en distintos lugares del país, hubo varios levantamientos armados que antecedieron al estallido de 1910, todos los cuales fueron violentamente reprimidos por Díaz. En Veracruz, el 30 de septiembre de 1906, la llamada Rebelión de Acayucan con Hilario C. Salas (Hilario Carlos de Jesús Rivera Salas 1871-1914) a la cabeza, reclamaba mejores condiciones de vida para el pueblo con demandas como la jornada laboral de ocho horas, la prohibición del trabajo infantil, un salario mínimo, indemnización por accidentes laborales, una educación laica obligatoria y gratuita. Salas, un indígena mixteco que al quedar huérfano se trasladó al Estado de Veracruz, había conocido a los hermanos Flores Magón en la Ciudad de México y compartía las ideas del Partido Liberal Mexicano.

Gustavo le advirtió a su hermano Francisco que Huerta lo traicionaría, pero Madero no lo escuchó...

Por su parte, Francisco Ignacio Madero (1873-1913) es representativo, desde el punto de vista culto y burgués, del espíritu de la Revolución Mexicana que se dio como un complejo proceso de yuxtaposiciones más o menos desordenadas de intereses y coyunturas, improvisadas espontáneamente las unas o fríamente orquestadas las otras. Él encabezó los primeros años de la difícil transición del porfiriato hacia el México post-revolucionario. No teniendo en realidad ninguna necesidad, por lo menos no en términos económicos, Madero pudo haberse mantenido holgadamente de su fortuna como empresario vitivinícola ; sin embargo se involucró en la política al ser electo candidato a alcalde y desconocérsele con descaro un sobrado triunfo. No cejó en su empeño y en 1908 escribió su libro La Sucesión Presidencial en 1910 ; en el cual aunque conciliador no deja de advertir : “En lo particular, estimo al Gral. Díaz, y no puedo menos de considerar con respeto al hombre que fue de los que más se distinguieron en la defensa del suelo patrio...Pero esa alta estimación, ese respeto, no me impedirán hablar alto y claro...”.
Lo que determinó el trágico desenlace de la utopía maderista de creer que sería respetada la legalidad institucional de su presidencia, fue la tramposa e inmoral actuación de Henry Lane Wilson (1859-1932) que en aquel entonces era embajador de los Estados Unidos de Norteamérica. Fingiendo respaldar la legitimidad de Madero, a sus espaldas lo tachaba de ser un loco incapaz de gobernar, e hizo todo lo necesario para asegurar su caída. Conspiró junto con los opositores a Madero y fue en sus propias oficinas que Félix Díaz (1868-1945), sobrino del dictador expatriado, y Victoriano Huerta (1854-1916) firmaron el 18 de febrero de 1913, el llamado Pacto de la Ciudadela o de la Embajada para asesinar al presidente Madero. Huerta había sido nombrado Secretario de Guerra por el propio Madero, y cuando el 17 de febrero de 1913 –es decir un día antes de la firma del citado pacto– su hermano Gustavo Madero acusó al militar de conspirar en contra del gobierno, el incauto presidente optó por creer en el supuesto juramento de lealtad que le hizo Huerta, firmando así su sentencia de muerte. Ya orquestada la traición, el día 18 Huerta torturó y asesinó a Gustavo, mientras arrestaba a Madero, al Vicepresidente José María Pino Suárez (1869-1913) y al General Felipe Ángeles (1869-1919). A este último le valieron sus méritos militares y fue después liberado. Huerta engañó una vez más a Madero haciéndole creer que si firmaba su renuncia a la presidencia, su vida y la de Pino Suárez serían respetadas. Finalmente, a tan sólo quince meses de haber asumido legalmente el primer gobierno democrático revolucionario, Pino Suárez y Madero fueron vilmente asesinados el 22 de febrero de 1913. Con ese doble crimen murió también la oportunidad de una transición pacífica hacia la vida democrática en México. El baño de sangre apenas comenzaba...

¡que siga la música !

Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.

andrescimas@gmail.com