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Había una vez un Iván...


¡Alto la música !

Mi abuela siempre fue una niña muy curiosa y preguntona... yo le salí peor. Doña Lourdes Valdés de Zepeda, creció en un pueblito perdido entre Córdoba y Orizaba llamado Tuxpango. En aquel lugar no había nada, salvo una tremenda caída de agua cuyo caudal decidieron utilizar unos gringos y construyeron una central hidroeléctrica privada. Iniciaba el siglo XX y a doña Lourdes por su parte, lo que más le gustó de la escuela fue escaparse, de manera que sus padres le procuraron un destino de mejor provecho al frente de un negocito que tenían ; el cual era La tienda del pueblo. Siendo niña Mamá Lulú aprendió ahí todo lo necesario para salir adelante : supo escribir, hacer cuentas y sobre todo supo escuchar... Esa tiendita, como solía suceder en aquellos tiempos, era uno de los sitios importantes para reunirse en el pueblo, de modo que nunca faltó quien se acercara después de la labor del campo, a echar plática tomando la cervecita o el compuesto de hierbas. Todos saludaban a la inquieta chamaca que siempre atenta y de amena charla, terminó por convertir aquel histórico mostrador familiar en un auténtico mostrador de historias con las que se familiarizó sin darse cuenta. Yo, Iván Zepeda Valdés siendo el nieto primogénito, fui por ella criado como su hijo menor y tuve la fortuna de que Mamá Lulú encontrara en mí, si no su mejor interlocutor, por lo menos sí el más insistente. La paciencia que tuvo ella conmigo, contándome una y otra vez aquellos –para mí fascinantes– relatos, es el origen de mi vocación heredada y paradójico motivo de nuestro posterior distanciamiento que tuvo un final feliz ; pero ése es otro cuento.


Un fin de semana revelador

Nací en Córdoba, Veracruz, la ciudad –ahora– de los 29 caballeros, porque éste se vino a vivir a Xalapa hace tres años. Cuando estudiaba en Córdoba la carrera de Leyes en la Universidad del Golfo de México, comencé a trabajar al mismo tiempo en la Biblioteca Pública Municipal “José Bernardo Couto y Pérez” de Orizaba. Me atrajo el mundo de los libros y fui un bibliotecario que tomó muy en serio su papel llegando a atender hasta a ciento cincuenta usuarios al día. Igualmente me hice cargo de los programas de fomento al hábito de la lectura. A decir verdad, me lanzaron al ruedo pero me gustó. En un principio eran muchas las ganas y escaso el conocimiento, pero poco a poco fui aprendiendo.
Tuve entonces la oportunidad de tomar un taller de narración oral en Tehuacán, Puebla ; impartido por Beatriz Falero Martínez, Presidenta del Grupo de Los Narradores Orales de Santa Catarina en Coyoacán. Fue un taller intensivo de todo el fin de semana, al término del cual los participantes debíamos contar cuentos. Hacía ya dos años que me había alejado de la abuela ; vivía por mi cuenta y de alguna manera había dejado de estar en contacto tan vívidamente con todo aquello. Al tomar este taller, me di cuenta en primer lugar de que la narración oral es todo un oficio ; vi también que se puede cobrar por ser narrador y descubrí que hay más gente que se dedica a ello formalmente. Para mí fue un verdadero hallazgo. Se me volcó encima todo aquel mundo tan íntimo de la infancia con la abuela y empecé a atar cabos. Una vez que hubo terminado la parte teórica del taller con la explicación sobre las diferencias entre cuento, mito, leyenda, fábula y demás, quisimos como era lógico que Beatriz nos contara un cuento. Efectivamente, lo hizo y yo me quedé con el ojo cuadrado. Al segundo, ya de plano se me cayeron los calzones... Pensé que si lograra yo hacer sentir a la gente lo mismo que aquellos cuentos me estaba haciendo sentir en ese momento, sería maravilloso. Entendí que eso es lo que yo deseaba aprender a hacer. Para mí fue muy claro, en ese momento decidí que sería narrador oral. Al finalizar el taller, Beatriz me animó al reconocer que a pesar de mi falta de técnica, “tú tienes algo”. Yo quedé encantado y desde entonces he seguido mi propio camino.
Asistí a dicho taller junto con Norma Galaviz, la directora de la biblioteca municipal de Orizaba. De hecho nos hicimos cuentacuentos, por así decirlo, a la par. Cuando veníamos de regreso de aquel taller de Tehuacán surgió, sobre todo de ella, la idea de fomentar la lectura por medio de la narración oral. Nació así un programa que después se llamó “la biblioteca en la calle”. Y en realidad así fue, anduvimos por las colonias más pobres y más humildes donde nadie lleva nada. Se nos acercaban principalmente niños y les contábamos historias, para después abrirles aquel viejo baúl lleno de viajes a países lejanos, con piratas de siete mares, aviones, submarinos, selvas y zoológicos. Poco a poco a fuerza de contar y contar me salió callo y repertorio. Fueron tres años muy intensos en los que llegué a narrar varias historias por día. Pasé de la simple lectura a la narración improvisada y tracé un estilo propio. Llegué a tomarle tanto gusto a la literatura, a los niños y a ser cuentacuentos, que descuidé y estuve a punto de dejar inconclusa la carrera de leyes. Fue cuando la abuela me dejó de hablar. Me ofendió que se ofendiera. Mal que bien entendí que era mejor cerrar el círculo y finalmente terminé la carrera. Caí en cuenta de que más que una carrera de velocidad, esta vida es una carrera de resistencia. Terminé incluso con un buen promedio. Después de colgar el flamante título en la pared, ya no me tragué más ese cuento de la supuesta imparcialidad de la ley. Todo se mueve con dinero. Tenía la cabeza tan llena de otras realidades tan fantásticamente más excitantes que salí al mundo a echar mis cuentos, pero ya sin corbata. Y llegué a España.

La premonición

Estuve dos años en Barcelona. Obviamente al principio no fue nada fácil. Me topé con que las cosas allá son muy distintas. Quise presentarme en un lugar en donde de manera ininterrumpida se han contado cuentos los mismos once años que llevo yo haciéndolo, pero me topé con que la cartelera estaba ya programada para seis meses y tenían otro tanto en lista de espera. La suerte quiso que lograra yo colarme en aquel lugar tan codiciado... me aceptaron de taquillero. Para mí lo importante era que yo ya estaba adentro. Desde esa posición pude apreciar toda una cantidad de estilos y técnicas para la narración y como sea, aprendí mucho. Finalmente logré subirme al escenario y ya me estaba acomodando en España cuando una noche tuve una premonición. Soñé con mi abuela y entendí que se estaba despidiendo. Regresé a México y todavía pude alcanzarla. Aunque ella ya no veía, sí reconoció mi voz. Yo la abracé y por supuesto le conté un cuento. Un último cuento sobre la muerte con toda la gratitud por la vida. Vida suya y mía como cuentacuentos. La historia esta donde cada quien pone su final.

¡que siga la música !

Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.

andrescimas@gmail.com