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El repertorio jarocho
(segunda parte)


¡Alto la música !

Si partimos del hecho de que el repertorio constituye un útil indicador del estado en que se encuentra un determinado género musical popular, en el caso del son jarocho debemos establecer cuáles son los parámetros que lo definen y lo ubican dentro del gran complejo del son en México. De esta manera, podemos afirmar que el son jarocho es un género coreográfico primordial más no exclusivamente mestizo, cuya estructura formal consta de las siguientes partes : una introducción instrumental o declaración, a la que le sigue un breve interludio que da pie a la entonación de un verso con o sin responso ; y así sucesivamente, hasta que una figura instrumental anuncia el final que los músicos suelen marcar de manera conjunta. El discurso armónico se circunscribe a tonos naturales sin modulaciones.

El Zacamandú o Toro Abajeño es un son coreográfico mímico en cuyo estribillo el hombre embiste y la mujer capotea

En el contexto laboral que se suscitó a raíz de la Época de Oro del cine mexicano (1936-1957), algunos compositores se adjudicaron la autoría de ciertos sones cuya procedencia anónima está documentada desde por lo menos el siglo XIX. Así por ejemplo, de acuerdo con la información que proporciona la Sociedad de Autores y Compositores de México, (SACM) Lorenzo Barcelata registró a su nombre sones como El Cascabel, El Siquisirí, El Balajú, El Coconito, La Bamba y La Iguana entre otros. Curiosamente, del Balajú se atribuyó también la autoría a nombre de Willie Samperio o de Andrés Huesca. El Cupido se lo adjudicó Víctor Huesca. Aún cuando alguno de ellos hubiera hecho un arreglo de tal o cual Son, esto no justifica dicho registro. Licho Jiménez registró a su nombre el Son de La Vieja ; Jacinto Gatica El Canelo ; María Chuchena, Nico Jiménez. Estos son tan sólo algunos ejemplos, la lista podría seguir.
En esa misma época surgieron nuevas melodías jarochas que fueron creaciones de autor. Entre los más conocidos están Andrés Huesca, Víctor Huesca y Lino Carillo. Canto a Veracruz, Qué Bello es Veracruz, A Orillas del Papaloapan, Estampa Jarocha, Torito de las Bajadas y El Cangrejo entre otras, fueron compuestas por los dos primeros. Por su parte, Lino Carrillo compuso el Tilingo Lingo, El Huateque, La Carretilla, La Cumbamba, El Torito Jarocho, La Hierbabuena, El Jarocho, y algunas más. Los Cuates Castilla compusieron Fandango Jarocho. Fiesta jarocha es de Andrés Cruz. La Novia Loca es de Pablo Zamudio, el mismo autor que escribió la bellísima guaracha Ostiones Alvaradeños. El Cocuyito es de Nacho Uscanga ; El Pijul del Charro Gil ; Sones de Veracruz de Guillermo Esquivel ; y El Tiburón de Ángel Valencia. Todas estas piezas representan creaciones originales, aunque algunas de ellas tienen el formato del popurrí e incluyen varios fragmentos de sones. Pueden gustar o no, pero sin duda no se trata de sones en el sentido estricto del género. Su formato –tanto en el aspecto lírico de la narrativa que implica una historia determinada por el autor, como en el tratamiento musical– corresponde al de la composición de una canción, y es por ello que se les debe considerar como canciones jarochas.
Algo similar sucede con los nuevos compositores, a partir de mediados de los ochenta del siglo XX hasta la fecha. Así por ejemplo, Café es de Luis Felipe Luna ; La Calabaza de Parientes y David Haro ; El Calvo de Rodrigo Gutiérrez ; La Gallina de Roque Méndez y Patricio Hidalgo ; Paraíso Veracruzano de Ciria Montes y Rafael Domínguez ; El Pirata de Marconio y Raúl González ; El Jaquetón de Alberto de la Rosa ; La Sirena de Honorio Robledo y Yo Soy de Milton Muñoz. Existen desde luego muchísimas más, pero salvo contadas excepciones la mayoría de las piezas nuevas las interpretan únicamente sus creadores y prácticamente todos los grupos hacen sus propias creaciones. Semejante efervescencia tiene una doble lectura : por un lado, refleja una gran vitalidad por parte de las nuevas generaciones que recurren al folclore como vehículo de expresión musical y sobre todo como sustento de reafirmación de su mexicanidad ; pero en términos estrictamente musicales, se está llevando al son jarocho hacia nuevos discursos musicales que no coinciden con los parámetros del género. Así, existe una gama de piezas nuevas híbridas que incluye desde la mezcla del son con la balada o con la canción, hasta el son con otros géneros como la marinera afro-peruana, la guaracha cubana, la salsa, entre muchas otras variantes. Independientemente de que puedan gustar o no, criterio que podría relacionarse con las modas efímeras, la cuestión de fondo es que en estas mezclas suele prevalecer el sonido de los diferentes géneros con los que se ha fusionado el son jarocho, sobre el estilo distintivo del propio son. En tal sentido, la tendencia actual es clara : aumenta el número nuevas composiciones, pero el repertorio de sones que constituyen el legado jarocho del auge del siglo XIX está disminuyendo

¡que siga la música !

Testimonios Jarochos es una investigación etnomusicológica del Instituto Veracruzano de Cultura.

andrescimas@gmail.com